Morir pa' esto...

28.09.2017

¡Hola a todos!

Hoy vamos a hacer un monográfico relacionado con la muerte en la época romana. Como ya sabéis, mis capítulos suelen ser cortitos, pero en esta ocasión he querido explayarme para hablaros de un tema que me resulta tan interesante como misterioso: la muerte y el más allá. 

Como ya sabéis, hace un par de capítulos estuvimos hablando del nacimiento y la esperanza de vida de un romano en la época clásica, pero ¡vamos! todos sabemos que lo que realmente nos gusta son las cuestiones del morir y el morbillo de saber en qué creían nuestros antepasados que pasaba cuando nos largábamos del mundo de los vivos. 

Así que, ya no os hago esperar más, agarraos fuerte a la barca de Caronte, aseguraos que todavía tenéis la moneda debajo de la lengua para pagarle y revisad vuestros pecados, porque estamos apunto de adentrarnos en el Hades, y ahí, señores, no se permiten tonterías. 


Agárrense señores, ¡que nos vamos!


Rituales fúnebres

La muerte para los romanos no era más que el último paso de su vida; había empezado con el nacimiento, luego la infancia, la pubertad, el matrimonio, la paternidad y, por fin, la muerte. Durante el tiempo que llevamos juntos hemos estado hablando de todos estos procesos y seguro que recordáis que había ritos para todo, ya que los romanos eran más supersticiosos que un torero faenando un martes trece. 

En el caso de la muerte, los rituales eran importantes porque se creía que si no se despedía como era debido al difunto, éste se quedaba atrapado entre este mundo y el más allá y eso provocaba una actitud de venganza hacia los vivos, lo cual me parece bastante chulo, aunque un poco siniestro y molesto para sus familiares. Pero como a los romanos les gustaba hacerlo todo a lo grande, el ritual del paso hacia la muerte era muy complejo y cambiante, ya que como todos sabemos los romanos bebían de muchas culturas distintas como la etrusca y la griega. Podríamos decir que en lo que a despedirse de los suyos se refiere, cada uno se lo guisaba y se lo comía como quería, aunque ahora que lo pienso, esta expresión tan gráfica no es la más adecuada...

Y os preguntaréis...¿Lo romanos se incineraban o se enterraban?

Pues un poquito de todo, según la moda. Durante la primera época la incineración era lo más usual pero a partir de que empezó la República, la inhumación ganó adeptos. Aún así, a finales de la República la incineración lo volvió a petar, y así siguieron  hasta que el cristianismo dijo que se acabó la tontería y que todos pa' dentro, hombre ya. 

Pero todavía había otra forma más, ¡el embalsamiento! Aunque en este caso siempre fue minoritario, ya que sólo se embalsamaba a los egipcios que, durante muchos años, también fueron parte del Imperio Romano. 

¡Pero vamos al meollo! Ahora sí que sí, procedo a explicaros algunos de los rituales funerarios de los romanos. 

Cuando el individuo había muerto o todavía estaba agonizando se producía una cosa llamada el dispositio, en el que el cuerpo era levantado del lecho y tumbado directamente en la tierra. ¿Esto no os suena? ¡Sí! Lo hablamos en el anterior capítulo "Nacer pa' esto". A los bebés se les dejaba en el suelo como símbolo de que salían de la tierra, y a los difuntos se les hacía exactamente lo mismo, como una forma de cerrar el ciclo de la vida, el ciclo sin fin, ya sabéis...para que luego digan que Disney sólo se inspira en cuentos de hadas. 

Los familiares se despedían del agonizante dándole un beso, simbolizando que tomaban el último suspiro y una vez fallecido, empezaban la lamentación, en la que se pronunciaba el nombre del difunto tres veces. Que estoy pensando, si el difunto tenía 36 cognominia como aquél que vimos en el capítulo de "Como decías que te llamabas", a los familiares les daban las uvas. En fin, luego se lavaba el cádaver, se perfumaba, se envolvía en una toga y, si era importante, se le ponía una corona en la cabeza. Después de todo eso, se procedía a un ritual que hemos visto en infinidad de películas, aunque normalmente de forma errónea...¡sorpresa! Y es el tema de las monedas. 

Es cierto que, en ocasiones, se les ponía una moneda en cada ojo a los difuntos, pero eso no era lo habitual. En realidad, la moneda se la ponían en la boca para pagar a Caronte, el encargado de llevarlo al otro mundo. De Caronte hablaremos más adelante, pero sólo deciros que si no había moneda, no había viaje, así que ya veis...


Ay Dioses...¡que se me ha muerto!


Bueno, luego venía todo el tema del velatorio que no ha cambiado demasiado hasta el día de hoy. El cadáver se exponía en el lecho, con flores, antorchas y velas y con los pies mirando siempre hacia la puerta. Tras varios días de velatorio, el cadáver era trasladado en un feretrum que era transportado hasta por ocho personas siempre del sexo masculino. A los pobres, en cambio sólo los llevaban 4 personas, debía ser porque comían menos y no hacía falta tanta fuerza...

Una de las cosas más curiosas y siniestras era que el traslado a la necrópolis, la ciudad de los muertos, se realizaba de noche así que la imagen de ocho tíos llevando un féretro rodeados de antorchas debía ser bastante espeluznante. En algunas ocasiones, el cortejo se paraba en el foro, donde el heredero leía las virtudes del difunto y sus antepasados, dándole un poco de bombo a la familia, por el qué dirán. 

Una vez en la necrópolis, la familia realizaba una purificación del agua y el fuego (como en las bodas) y depositaban el cadáver en una pira junto con otras ofrendas. Antes de encender la pira (atención a esto que da miedito) le abrían los ojos al difunto para que viera por última vez la luz como diciendo " mira lo que te has perdido" y se pronunciaba el nombre completo otra vez, no sea caso que no haya quedado claro a quién están mandando al otro mundo. 

Por último, se encendía la pira y luego se depositaban los restos en urnas, ya que muchas veces no se reducía el cuerpo entero a cenizas, si no que quedaban huesecillos y otras cosas. Sí, ya sé que esto es muy macabro, pero mi honor me obliga a contaros toda la verdad. 

En el caso de la inhumación, básicamente se enterraba el féretro y punto. Tampoco vamos a dar muchas vueltas más sobre este tema. 

En fin, y aquí concluía el ritual para honrar y despedir a los muertos, aunque siempre quedaban recuerdos en casa en forma de pequeñas estatuillas con el busto o la figura del difunto, que solían sacarse en otros velatorios y ayudaban a proteger el hogar. 


Un sarcófago romano, en el que aparecen esculpidas las gestas más importantes del fallecido


Una visita al inframundo

Pero esto no es todo señores! Ya os he dicho que hoy íbamos a tener monográfico mortal, y ahora toca contaros qué es lo que venía después. Una vez los humanos habían hecho todo lo que estaba en sus manos para que el viaje al otro mundo fuera lo más cómodo posible, falta saber qué ocurría en el más allá.

Como ya os he comentado en varias ocasiones, la cultura romana era muy rica, precisamente, porque aceptaba e integraba costumbres de todos los territorios conquistados. Si una cosa buena se puede decir de nuestros antepasados es que, mientras les pagaran lo que les debían, cada uno podía hacer en su casa lo que le rotara. Es por eso que, en cuestión de religión, la mayoría de las creencias, divinidades y demás estaban sacadas directamente de la cultura griega. Y es por eso que voy a hablar del inframundo en términos helénicos, porque hacerlo de otra forma me parece una tontería. 

Ay, el inframundo, el reino de Hades, el Averno, el Tártaro...son tantos los nombres que a todos nos rondan en la cabeza que es muy probable que los confundamos, algo muy peligroso si queremos llegar al otro lado con la lección bien aprendida y un pase VIP para los Campos Elíseos.

Antes de nada, hay que tener en cuenta que todas las descripciones que voy a hacer a continuación están basadas en antiguos mitos griegos ya que, evidentemente, nadie ha vuelto del inframundo para contarnos que tal se esta por allí, así que como en casi todo en la vida, hay varias teorías según la corriente que más convenza al historiador de turno. Como yo no soy historiadora ni pretendo serlo, he decidido escoger siguiendo mis propios criterios que, no nos engañemos, no voy a decir que sean los más correctos, pero son los míos. 

El inframundo es el lugar al que iban todos los mortales una vez habían muerto. Hasta ahí, bien. Según la mitología romana, la entrada estaba localizada en el Averno, que era una cráter cercano a Cumas, una ciudad hoy en día en ruinas, situada en la Campania, al sur de Italia. Allí es donde los fallecidos entraban al inframundo guiados por Mercurio (Hermes en la mitología griega), que los dejaba allí solos para enfrentarse a su destino. 

Los muertos entraban al inframundo cruzando el río Aqueronte en la barca conducida por Caronte (una vez más, muy originales con los nombres) Caronte sólo les pedía un pago para llevarles: una moneda. Así que las almas se metían la mano en la boca y sacaban la moneda que sus familiares les habían dejado antes de despedirles en la necrópolis y se la daban al barquero. Que yo me pregunto, no sé para qué querría Caronte tantas monedas, si no salía nunca de allí. El caso es que las personas pobres, o que no tenían amigos que les hubieran puesto una moneda en la boca, vagaban para toda la eternidad en la orilla...¡PARA TODA LA ETERNIDAD! Como si no fuera suficiente castigo haberse muerto. Una vez más, la cultura clásica nos demuestra que con el dinero no se jugaba...

En fin, una vez al otro lado del río se encontraban con el Can Cerbero, un gigantesco perro de tres cabezas que vigilaba la entrada al Hades. Se encargaba básicamente de que ningún muerto saliera de allí y de que ningún vivo entrara (sí, había algunos vivos que querían entrar, pero eso ya es otra historia...)

El Hades estaba comprendido por tres regiones, y un bonus, del que hablaremos más adelante. La primera región eran los Campos Asfódelos, donde las almas vagaban a la espera de ser juzgadas. No es que fuera el lugar ideal, ya que constantemente les importunaban espíritus menores como murciélagos y otros bichos. Cuando les llegaba el turno, eran conducidos ante un tribunal formado por Minos, Éaco y el hermano de Minos, Radamantis, tres reyes que tampoco vienen mucho al caso y que los dioses saben cómo consiguieron ése privilegio, *ejem - puertas giratorias- *ejem. 

Una vez el juicio se había terminado, había tres sitios a los que te podían mandar. 

Uno era el Tártaro, un lugar terrible y tenebroso rodeado por un río de fuego en el que mandaban a las almas impías y malvadas. Lo más parecido que conocemos hoy en día es el infierno, o los Monegros en pleno agosto. Allí las almas eran torturadas de formas refinadísimas, recordemos que allí mandó Zeus a nuestro querido amigo Prometeo. 

Después estaban los Campos Asfódelos, de los que acabamos de hablar, donde iban a parar las almas que ni fú ni fá, ni chicha ni limoná, esas almas que no es que hayan sido malas del todo, pero que tampoco son como para tirar cohetes. Se quedaban donde estaban y seguían siendo importunados de vez en cuando. 

Por último, tenemos los Campos Elíseos, que era el lugar donde iban a parar las almas buenas y virtuosas, lo que hoy en día sería el "cielo" católico. Sus habitantes tenían la posibilidad de regresar al mundo de los vivos, aunque no muchos lo hacían, recordemos que la vida en la antigüedad no era precisamente un camino de rosas. 

Y os preguntaréis: ¿Y el bonus?

Bueno, el bonus era la Isla de los Bienaventurados, sí, así se llamaba. Allí iban a parar los grandes héroes míticos como Aquiles, Diomedes o Peleo. Así que lo siento, a no ser que hayáis derrotado a una gorgona o encontréis la cura para el cáncer, éste lugar no es para vosotros. 


El Tártaro, bonito porque sí


Por último, y como curiosidad, me gustaría hablaros un poquito mejor de la geografía del Hades. En el Hades había 4 ríos con unos nombres preciosos, preciosos de verdad: Aqueronte (pena), Cocito (lamentos), Flegetonte (fuego),  y Estigia (odio). También tenía dos lagos maravillosos en los que irse a pasar unos días de vacaciones, uno era Lete (olvido) donde las almas acudían para borrar todos sus recuerdos y Mnemósine. 

Y si lo que querías era codearte con la realeza, siempre podías acercarte al palacio de Hades, el Dios del inframundo, normalmente sentado en el antepatio con su esposa Perséfone, todo el día llorando por haber sido secuestrada. Compañía de calidad. 


Y hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado y recordad, sed buenos y no olvidéis llevar siempre una monedica encima, por lo que pueda pasar. 


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